La transcripción automática de vídeos, presentaciones y reuniones virtuales se ha consolidado como una herramienta habitual en el sector asegurador. Comités internos, formaciones, webinars comerciales, sesiones con mediadores o comunicaciones corporativas recurren cada vez más a subtítulos y textos generados automáticamente por plataformas como Zoom, Microsoft Teams o YouTube. Sus ventajas son evidentes: rapidez, ahorro de costes y mejora de la accesibilidad. Sin embargo, su uso acrítico puede introducir riesgos poco visibles.
Estos sistemas funcionan reconociendo patrones acústicos y comparándolos con modelos lingüísticos entrenados previamente. Cuando el audio es limpio y el discurso sencillo, los resultados pueden ser aceptables. Pero el lenguaje del seguro rara vez es simple. Términos técnicos, referencias legales, cifras, siglas, nombres de productos y matices contractuales ponen a prueba cualquier motor de transcripción automática.
Los errores más habituales aparecen precisamente ahí: coverage confundido con cover, claim transcrito como climb, policy holder convertido en police holder. En inglés, data privacy ha llegado a aparecer como data piracy en vídeos corporativos, un lapsus que transforma un mensaje de cumplimiento normativo en todo lo contrario. En una presentación tecnológica difundida en redes, cloud computing fue subtitulado como clown computing, un error simpático… hasta que aparece en una comunicación institucional.
En contenidos audiovisuales y formativos, el impacto se multiplica. Usuarios de plataformas como Netflix han compartido ejemplos de subtítulos automáticos donde “I need a lawyer” se convierte en “I need a layer” o “heart rate” aparece como “hard rain”. En un entorno de entretenimiento, provoca sonrisas; en una formación sobre salud, riesgos o siniestros, genera confusión.
En el sector asegurador, una transcripción incorrecta no es solo una cuestión lingüística. Puede dar lugar a malentendidos en reuniones estratégicas, errores en materiales de formación, ambigüedades en contenidos comerciales o interpretaciones incorrectas de mensajes regulatorios. Todo ello afecta a la confianza, un valor esencial en la relación con clientes, mediadores y supervisores.
Conclusión
La transcripción automática es una herramienta útil, pero no infalible. Debe entenderse como un primer borrador que requiere revisión experta. En un sector donde la precisión no es negociable, la intervención humana sigue siendo imprescindible para garantizar claridad, exactitud y seguridad comunicativa. Porque en seguros, escuchar bien no basta: hay que entender exactamente lo que se dice.
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