Por Mamen Sáez, Cofundadora y Directora de Correduidea
La mediación de seguros se encuentra en un momento decisivo. El sector está entrando en una etapa donde la convivencia entre personas e inteligencia artificial deja de ser un concepto futurista para convertirse en una realidad en el día a día. La IA ya no es solo una herramienta técnica que agiliza tareas; empieza a comportarse como un miembro más del equipo, integrado en procesos clave de organización, gestión y atención al cliente. Esto plantea desafíos, pero también abre un abanico de oportunidades que, bien gestionadas, pueden reforzar la esencia más valiosa del mediador: la capacidad de escuchar, asesorar y generar confianza.
En este nuevo escenario, la IA participa en tareas como la gestión documental inteligente, el análisis de riesgos o la atención al cliente 24/7. Estas funciones no compiten con la labor humana, sino que la amplifican. La clave está en entender que no se trata de elegir entre personas o tecnología, sino de lograr que ambas trabajen en conjunto. Cuando esta convivencia se gestiona adecuadamente, la IA se convierte en una compañera de trabajo que libera tiempo, reduce errores y permite profundizar en el análisis del cliente, con una rapidez que sería impensable hace unos años.
Uno de los grandes beneficios o ventajas que aporta la IA es su capacidad de eliminar tareas mecánicas y repetitivas, esas que desgastan y restan energía a los equipos. Revisar documentos, cotejar pólizas o clasificar solicitudes son procesos que la tecnología puede resolver en segundos, permitiendo que los profesionales se centren en lo que realmente aporta valor: la empatía y el acompañamiento. Además, ofrece una visión analítica mucho más profunda, detectando brechas de coberturas, riesgos potenciales o necesidades emergentes que permiten al profesional adelantarse y asesorar mejor. Todo esto eleva la calidad del servicio y transforma la experiencia del cliente en algo más ágil y personalizado.
Sin embargo, como en cualquier convivencia, también surgen tensiones. Uno de los conflictos más habituales es el miedo al reemplazo. Es natural que algunos profesionales sientan que la tecnología “hace su trabajo”, pero esta percepción suele deberse a una falta de formación o acompañamiento. En realidad, la IA no sustituye el criterio, sino que lo apoya. También existe el riesgo de una dependencia excesiva de los sistemas inteligentes, lo que podría restar humanidad al proceso de mediación. Hay decisiones que, por su sensibilidad, deben seguir siendo humanas, como la recomendación de un seguro o el acompañamiento tras un siniestro.
Otro punto crítico es la gestión ética y la privacidad de los datos. La IA maneja información sensible y cualquier error de configuración o proveedor poco fiable puede convertirse en un riesgo reputacional importante y cualquier fuga de datos puede ocasionar multas cuantiosas que pueden poner en peligro la continuidad del negocio. Además, la coexistencia de equipos con diferentes niveles de competencias digitales puede generar controversias internas: para algunos, la IA será una aliada natural; para otros, una barrera difícil de superar. Esta diversidad requiere de un buen liderazgo, formación equilibrada a todos los integrantes y una cultura que entienda el cambio como una oportunidad y no como una amenaza.
«Uno de los grandes beneficios o ventajas que aporta la IA es su capacidad de eliminar tareas mecánicas y repetitivas, esas que desgastan y restan energía a los equipos».
Integrarla de forma cohesionada exige una visión clara y una guía consciente. La dirección debe marcar el rumbo y comunicar el propósito de cada cambio, evitando imponer herramientas sin sentido o sin explicar su valor. La formación continua (práctica, aplicada y sin tecnicismos innecesarios) se convierte en una pieza fundamental para que los equipos ganen seguridad y comprendan que no es un sustituto, sino un valor añadido. Además, es imprescindible mantener siempre la decisión final en manos de las personas, situando a la tecnología en el rol de apoyo y no de juez.
La cultura empresarial también juega un papel determinante. Adoptar un enfoque de evolución constante, probar nuevas soluciones, medir resultados y ajustar procesos otorga flexibilidad y prepara a la organización para el desarrollo natural del sector. Y hacia fuera, la transparencia con el cliente resulta clave: explicar que se usa IA para agilizar gestiones, pero que el asesoramiento sigue siendo personal y profesional, genera confianza y marca la diferencia.
Los beneficios de estas sinergias no tardan en aparecer. La experiencia del cliente mejora notablemente, las organizaciones se vuelven más competitivas y los equipos disfrutan de un entorno más equilibrado, donde las tareas de mayor valor sustituyen al trabajo mecánico. Su presencia, impulsa la innovación y ayuda a anticipar riesgos emergentes como los ciberataques, el impacto climático o las nuevas realidades laborales. En definitiva, las convierte en un ecosistema vivo, preparado para adaptarse y avanzar.
Mirando hacia el futuro, este modelo no será completamente digital ni completamente humano. Será híbrido, combinando lo mejor de ambos mundos. La tecnología aportará velocidad, precisión y capacidad analítica; las personas seguirán siendo el corazón del servicio, responsables de interpretar, decidir, acompañar y dar sentido a los datos. Esta convivencia, bien diseñada, será una de las mayores ventajas competitivas en los próximos años.
En última instancia, la pregunta ya no es cómo afectará la inteligencia artificial al sector, sino cómo queremos convivir con ella para potenciar nuestra esencia. Porque el asesoramiento siempre ha sido y seguirá siendo, un oficio profundamente humano, reforzado ahora por la inteligencia que no descansa y que, bien empleada, nos ayudará a ofrecer un servicio aún más completo, cercano y estratégico.
































































