La reciente aprobación por parte de la Comisión Europea de una nueva dosis de 7,2 mg del fármaco Wegovy, tres veces superior a la dosis terapéutica actual de 2,4 mg, ha reabierto el debate sobre la estrategia farmacológica en el tratamiento de la obesidad.
Para la doctora María José Crispín, médica y nutricionista especializada en el manejo integral del sobrepeso y la obesidad, la escalada de dosis no debería convertirse en la respuesta automática ante la falta de resultados.
“Hasta ahora, la dosis máxima considerada terapéutica es de 2,4 mg. En teoría, todos los pacientes con obesidad deberían llegar a ella. Sin embargo, en mi práctica clínica no siempre es necesario”, explica. Según detalla, muchos de sus pacientes consiguen pérdidas de peso significativas —incluso de hasta 20 kilos— con dosis de 1 mg o inferiores en 12 meses.
A su juicio, hablar de dosis superiores a 7 mg “puede resultar excesivo en la mayoría de los casos”. “La obesidad no se trata subiendo miligramos por sistema, sino individualizando el tratamiento. Si consigo resultados eficaces con dosis más bajas, no tiene sentido forzar una escalada”, señala.
El problema no es la dosis del fármaco, sino cómo se prescribe
La Dra. Crispín se declara abiertamente favorable al uso de agonistas GLP-1 y subraya que el medicamento es “una herramienta excelente”. No obstante, advierte de que el error más frecuente es prescribirlo sin un acompañamiento clínico adecuado.
“Recetar el fármaco y dejar al paciente durante meses sin seguimiento médico ni control nutricional es un planteamiento equivocado”, afirma.
En su enfoque terapéutico, el tratamiento eficaz se sostiene sobre tres pilares: control médico, control nutricional y medicación GLP-1. “No todos los médicos que prescriben el fármaco tienen formación en nutrición, y eso puede marcar la diferencia en los resultados y en la tolerancia”, añade.
No aniquilar el apetito, sino regularlo
Para la doctora, el objetivo no es suprimir por completo el apetito, sino reducirlo de forma controlada y tolerable. “El medicamento no está para castigar al paciente con efectos secundarios intensos. Está para ayudarle a comer menos y mejor, facilitando un cambio real de hábitos”, explica.
En consulta trabaja de forma activa la educación alimentaria: control de cantidades, dieta hipocalórica adaptada a cada perfil, reducción de alimentos grasos y limitación de bebidas alcohólicas, que pueden provocar náuseas e indigestión con el tratamiento.
“Los hábitos no se modifican en quince días ni en un mes. Hay que aprovechar el periodo en el que el apetito disminuye para consolidar cambios sostenibles”, subraya.
Impacto económico
La especialista también apunta al factor económico. Si la dosis de 2,4 mg ronda los 300 euros mensuales, una dosis tres veces superior podría acercarse a los 900 euros al mes, lo que la haría inaccesible para una parte importante de los pacientes.
“Desde el punto de vista clínico y económico, no veo justificada una subida sistemática de dosis”, afirma.
¿Qué ocurre si el paciente no responde?
En los casos en los que un paciente no obtiene resultados adecuados con 2,4 mg, la Dra. Crispín plantea que puede tratarse de un perfil que no responde al principio activo. “En esas situaciones, quizá la solución no sea aumentar indefinidamente la dosis, sino valorar otras alternativas terapéuticas”, concluye.
En definitiva, la experta insiste en que la clave del éxito en el tratamiento de la obesidad no es únicamente el fármaco, sino el acompañamiento profesional continuo: “El medicamento es buenísimo. Pero solo el medicamento, sin seguimiento médico y nutricional, es un error”.























































