Por Mª Jesús Álava Reyes, presidenta de Apertia-Consulting y de la Fundación María Jesús Álava Reyes. También dirige el Centro de Psicología Álava Reyes y el Instituto de Bienestar Psicológico y Social.
Nos acercamos a unas fechas muy especiales: las Navidades y la llegada del Año Nuevo se han convertido en fuente de satisfacción y alegría para muchas personas, pero también de tristeza y aislamiento, para quienes sienten la soledad más profunda o el sufrimiento más difícil de soportar.
En estas circunstancias puede aflorar lo mejor y lo peor del ser humano. Hoy, especialmente, queremos centrarnos en la solidaridad, en esa respuesta individual y colectiva cuyo fin es ayudar a quienes más lo necesitan
La solidaridad es lo contrario del egoísmo, pero ¿qué entendemos exactamente por un comportamiento solidario?
Un comportamiento solidario es un comportamiento altruista, que consiste básicamente en intentar ayudar, con generosidad y sensibilidad, sin buscar fines lucrativos o ganancias secundarias.
Puede haber conductas solidarias individuales, cuando las realizamos en solitario e intentamos ayudar a quienes tenemos alrededor o a quienes, no estando cerca, más lo necesitan.
Pero hay también una solidaridad colectiva, de equipo; se da cuando las personas se unen para alcanzar un objetivo común. Lo vemos con frecuencia como respuesta en situaciones dramáticas.
«Hay también una solidaridad colectiva, de equipo».
¿Podemos afirmar que todas las personas tenemos un fondo de solidaridad, que surge en situaciones extremas?
No; no podemos afirmar que todas las personas tienen un fondo de solidaridad. Para ser solidarios hay que ser empáticos, y aunque nos cueste aceptarlo, hay personas que no sienten empatía, de la misma forma, que hay personas que no tienen un mínimo de sensibilidad, que les haga conmoverse ante el sufrimiento ajeno.
La prueba es que, ante determinadas catástrofes, algunas personas se dedican al pillaje y al robo. Pero sin llegar a este extremo, seguro que otras personas no sienten necesidad de hacer nada y no experimentan incomodidad o tristeza ante el sufrimiento ajeno.
«Para ser solidarios hay que ser empáticos, y aunque nos cueste aceptarlo, hay personas que no sienten empatía».
La solidaridad, cuando se realiza en compañía con otras personas, ¿resulta más eficaz?, ¿más gratificante?
La solidaridad, por sí misma, resulta muy gratificante; hasta el extremo que desde la psicología podemos afirmar que los comportamientos solidarios nos producen mucho bienestar y satisfacción, y nos reconcilian con lo mejor de nosotros mismos; pero cuando los comportamientos solidarios se realizan en grupo, en compañía con otras personas, se produce como una catarsis, como una liberación de nuestras mejores emociones.
Una realidad que experimentan muchas personas, en situaciones límite de catástrofes, es que cuando la solidaridad es en grupo desaparece el cansancio y los miembros de esos equipos sienten una especie de energía desbordante, que se va retroalimentando de unos a otros con la actividad que desarrollan. Obviamente, cuando terminan la jornada, de repente, sienten que no tienen fuerzas ni para respirar.
Pero resulta muy significativo que, en medio de situaciones tan dramáticas, internamente nos sentimos bien cuando ayudamos y nos reconciliamos con lo mejor del ser humano.
«La solidaridad, por sí misma, resulta muy gratificante».
¿Qué pueden hacer las personas generosas en su día a día? ¿Cómo consiguen que la solidaridad sea un hábito en su vida?
No tenemos que esperar a grandes catástrofes o situaciones extremas para actuar con solidaridad.
Hoy, en estos momentos, le pediría a cada persona que analice cuál es su vida, sus circunstancias, sus valores, sus habilidades…, y que, igualmente, reflexione sobre lo que le rodea, sobre las personas que tiene alrededor, pero también que reflexione sobre las vivencias que tienen otras personas que no pertenecen a su círculo más cercano, que analice qué puede aportar en ese medio, cómo puede ayudar… A lo mejor es a un vecino cercano, a un compañero de trabajo, a determinados amigos o a personas que viven en circunstancias más desfavorecidas.
Muchas personas se apuntan a ONGs, a Cáritas, a determinadas fundaciones…, sacando un tiempo extra para intentar ayudar; a veces lo hacen cuando se jubilan. En estos casos, te dicen que, además de ayudar, creen que es un buen medio para llenar parte de su tiempo; pero, por favor, no esperemos a tener un tiempo extra para plantearnos cómo podemos tener comportamientos de solidaridad cada día, para ver cómo podemos ayudar, cómo podemos crecer, cómo damos lo mejor que llevamos dentro. Y, muy importante, cómo lo podemos introducir en nuestros hábitos diarios; que forme parte de nuestras rutinas y de nuestras costumbres, que no pase un solo día sin haber sentido la satisfacción de ayudar a alguien.
«No tenemos que esperar a grandes catástrofes o situaciones extremas para actuar con solidaridad».
Reflexión final
Ayudar a los demás es una de las mayores fuentes de felicidad y plenitud. Busquemos todas las oportunidades que la vida nos da para ayudar, compartir y llenarnos de solidaridad y generosidad. Y recordemos que, con frecuencia, ayudar es escuchar, acompañar, comprender, animar y generar lo que la persona ha perdido: generemos esperanza y pongamos un poco de luz en medio de tanta oscuridad.























































