Por Mª Jesús Álava Reyes, presidenta de Apertia-Consulting y de la Fundación María Jesús Álava Reyes. También dirige el Centro de Psicología Álava Reyes y el Instituto de Bienestar Psicológico y Social
Ya se han terminado las vacaciones para la mayoría de la gente y muchas personas sienten que durante estos meses la convivencia ha sido muy difícil y las tensiones han aflorado con mucha frecuencia.
En este punto, la queja que muchas veces escuchamos en las consultas de psicología es que hay personas que parecen buscar la confrontación permanente.
¿Hay un perfil de personas proclives a las discusiones?
Sin duda, desde la psicología sabemos que hay personas que parecen vivir solo para discutir, que ante cualquier situación rápidamente buscan la confrontación y que son una fuente permanente de tensiones y situaciones incómodas para quienes les rodean.
¡Estas personas son agotadoras! No hay forma de que razonen, intentan imponer siempre sus opiniones y tienden a despreciar cualquier argumentación racional.
Pero no nos engañemos: sin llegar a estos extremos, todos conocemos a personas que son agotadoras, que disfrutan generando malestar y que son incapaces de razonar.
Hoy trataremos de ver cómo actúan y cómo podemos desactivar estas tensiones o, al menos, no dejarnos atrapar por ese estado de crispación permanente.
A veces nos enfadamos de forma desproporcionada y decimos cosas de las que luego nos arrepentimos. ¿Por qué nos ocurre esto?
En esa situación se ha producido lo que se conoce como «secuestro emocional» o «secuestro de la amígdala». Es decir, la respuesta emocional es tan intensa que puede dificultar temporalmente que valoremos la situación y respondamos de una forma más reflexiva.
El enfado o la ira son emociones básicas que todos podemos experimentar en un momento determinado. Puede ocurrirnos cuando vivimos una situación que interpretamos como injusta y sentimos que nuestros derechos están siendo vulnerados o que no nos están tratando como nos gustaría. Se trata de una emoción en la que nuestro cuerpo se activa, sube el nivel de energía, se puede producir un aumento de la frecuencia cardiaca, apretamos los puños, se tensa la zona de la mandíbula… Es decir, nos preparamos para el combate o la lucha, para poder defender nuestros derechos e intereses.
La emoción del enfado, al igual que todas las emociones, es lícita; es decir, tenemos pleno derecho a sentirla. El problema surge cuando el enfado se convierte en agresión hacia los demás.
¿Cuándo el enfado se convierte en un problema?
- Cuando el enfado, en lugar de ser algo temporal, se prolonga a lo largo del tiempo y nos está impidiendo experimentar emociones agradables.
- Cuando, debido al enfado, solo ponemos el foco en lo negativo y no nos permite ver con claridad o evaluar las cosas de forma objetiva.
- Cuando confundimos la emoción con la conducta; es decir, la emoción es lo que siento —enfado— y la conducta es lo que hago: grito, falto al respeto, agredo…
- Cuando la emoción se mantiene en el tiempo y nos condiciona de tal forma que no somos capaces de dejar de discutir y dar nuestro brazo a torcer.
¿Por qué hay personas que discuten más que otras?
Este hecho se puede deber a diversos factores:
- Hay personas que tienen un exacerbado sentido de la justicia y eso las lleva a que, cuando piensan que una situación es injusta, la luchen hasta límites insospechados.
- Hay otras personas que controlan peor sus emociones y eso las hace discutir cuando no se encuentran bien.
- Otras personas discuten porque tienen un locus de control externo; es decir, creen que la culpa de su malestar la tienen los otros.
- Hay gente a la que le gusta discutir y provocar mal ambiente: se trata de las que coloquialmente llamamos «personas tóxicas», que hay que aprender a identificar.
- Y hay quien quiere ganar siempre, a toda costa.
¿Qué pasa cuando no damos el brazo a torcer?
En ocasiones, lo que nos ocurre en una discusión es que en ninguna circunstancia queremos sentirnos «los perdedores»; es algo muy relacionado con el orgullo, con el ego. Incluso puede producirse una disonancia; es decir, sabemos que la otra persona tiene su parte de razón, pero no queremos reconocérsela porque nuestro ego y nuestra intransigencia no nos lo permiten; nos sentimos heridos, de hecho.
¿Cuántas veces, por no gestionar bien estos sentimientos, se han prolongado discusiones y situaciones muy incómodas? El problema es que esta rigidez provoca una inflexibilidad que condiciona en extremo la comunicación y las relaciones.
Se trata, por tanto, de aprender a ceder; ¿qué podemos hacer para aprender a ceder?
- Reconoce tu emoción. Saber que uno está enfadado o molesto es el primer paso.
- Analiza por qué ha ocurrido esa emoción; céntrate en el hecho.
- Cuidado con los mensajes de «es que tú eres…», «siempre haces…». Remítete al hecho en concreto, a lo que ha iniciado la discusión, no a la persona.
- Plantea cómo te has sentido y por qué, pero desde el yo, no desde el tú: «Cuando tú has hecho… yo me he sentido…».
- Entiende el punto de vista de la otra persona. No es necesario que lo compartas, pero sí que lo entiendas y lo respetes.
- Ten claro tu objetivo: ¿qué es lo que quieres conseguir? ¿Quieres solventar la situación o quedarte en el «yo tengo razón y tengo que ganar»?
- Plantea un enfoque win-win: todos ganamos.
- Busca alternativas que puedan satisfacer a ambos.
- Ten en cuenta tus emociones, pero también las emociones de tu interlocutor.
- No intentes tener siempre razón.
Reflexión final
Algunas personas siempre generan tensión y malestar por su inflexibilidad; pero a otras les pasa todo lo contrario y, con tal de evitar la confrontación, son incapaces de defender sus ideas, de decir cómo se sienten o de pedir lo que necesitan.
Aprendamos a razonar y exponer nuestras ideas con asertividad, sin generar tensiones y facilitando entendimientos.



